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En 48 horas asesinaron a cuatro vecinos en asaltos.
Opinión. Enrique M. Martínez – Instituto para la producción popular
EL GRAN DILEMA DE LA MACROECONOMÍA
20.06.16. Desde hace ya bastante tiempo los analistas económicos que buscan poner la racionalidad por encima de la voluntad se enfrentan a un dilema serio. La formación académica brindada en los centros de mayor influencia mundial ha sofisticado las teorías neoclásicas, pero siempre dentro de un marco conceptual no negociable para sus sostenedores: la supuesta existencia de leyes que gobiernan el funcionamiento económico, dentro de las cuales los actores deben encuadrarse si es que aspiran a resultados satisfactorios.
 
 

El neoliberalismo intenta de tal modo, una y otra vez, asimilar la economía a la física. Este es un camino equivocado, que además ni siquiera se sostiene con coherencia.
Alguna vez se afirmó que el Sol giraba alrededor de la Tierra. Eso fue fruto de la falta de instrumentos adecuados para conocer y describir la naturaleza. En algún momento, se encontró la teoría correcta.
Cuando fracasa un gobierno neoliberal, sin embargo, siempre aparece algún experto que identifica como la causa del fracaso a un error instrumental y recomienda aplicar la teoría original con más precisión y tenacidad. Se recomienda, con total ceguera, persistir en el error.
Parece ser hora de revisar la teoría, pero por razones distintas de las que llevaron a la evolución de la física. Es que a diferencia de mejorar la información, como sucedió con la naturaleza, debemos admitir que el sistema económico global ha sufrido profundos cambios, que exigen nuevas miradas. El problema no es solo cuantitativo, como la enorme concentración de riqueza. Es más serio: es cualitativo, porque la faceta financiera se ha hecho tan hegemónica, que invalida los análisis tradicionales sobre los mercados de funcionamiento ideal. Ganar dinero solo intercambiando dinero es hoy el centro de atención de los grandes capitalistas y las consecuencias sociales y de todo tipo, producto de esa monstruosa deformación no figuran en los fundamentos de la economía clásica o neoclásica.
Los analistas, ajenos a esta fuerte mutación, se aplican a su rutina de calcular déficit fiscal o crecimiento de emisión monetaria, negándose a admitir que esa tarea, tal como estuvo estructurada por generaciones, se ha hecho obsoleta.
Por mencionar solo algún ejemplo donde la teoría tradicional fracasa por completo, no se puede vincular rígidamente la magnitud de la deuda pública con la calidad de vida, como lo muestran Japón y varios otros casos. Sin embargo, por vocación de aplicar una teoría que no explica la realidad, los países políticamente más débiles, forzados a planes de ajuste, se enfrentan a la responsabilidad de condenar a sus ciudadanos a generaciones de sacrificio inútil. El mundo de los economistas advierte esto, pero su temor a pensar de manera original los conduce a una de dos variantes igualmente dañinas:
a) Subordinarse a la manipulación mediática que beneficia a los grandes poderes concentrados, defendiendo esquemas que son evidentemente falsos.
b) Caer en el escepticismo, que ante el fracaso del neoliberalismo, pronostica un fracaso equivalente de las alternativas desarrollistas que con poca suerte han intentado actuar a la defensiva. Dos fracasos simétricos y reiterados no dejan otro residuo que la melancolía.
Sin necesidad de tirar los libros por la ventana, resultará útil escribir nuevas versiones de esta ciencia que domina nuestras vidas, pero cambiando el foco de la cuestión. En lugar de concentrar el objetivo en el capital, se deberá migrar hacia el trabajo, como el factor de producción que es el realmente decisivo para la calidad de vida comunitaria. 
Apenas se comienza a pensar la economía dando prioridad al trabajo, aplicado a la atención de las necesidades sociales y se coloca al capital en la condición de un recurso, como lo son la tierra o la tecnología, aparece un mundo nuevo, lleno de senderos a explorar. Es como descubrir que el Sol no gira alrededor de la Tierra sino a la inversa.
Volveremos sobre esta mirada, que llamamos producción popular.
Enrique M. Martínez – Instituto para la producción popular
@em_martinez

 
 
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