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Tensión en Jujuy tras el violento desalojo de una manifestación.
Opinión. Por Teodoro Boot
TERCIA EN LA DISCUSIÓN, TEODORO BOOT: RESPUESTA AMIGABLE A DANIEL SANTORO
01.02.16. Si se me permite y sin ser convidado, hay en todo este debate bastante representativo de una discusión tan generalizado como muchas veces, sorda, un equívoco muy serio y especulaciones demasiado aventuradas.
 
 

 

  

Además de las posiciones políticas y las estructuras de pensamiento, existen (y operan sobre la realidad) las identidades culturales.

 

De nuevo por ejemplo, al igual que Santoro y (aunque le pese y por más esfuerzos en contrario que haga) Horacio, tengo o sufro una identidad político-cultural muy definida y, a estas alturas, incurable: soy peronista. Surge aquí una enorme e irresoluble complicación: ¿qué significa “ser peronista”?

En lo personal, coincido con Santoro en el riesgo que siempre ha implicado y en el daño que ha producido cualquier intento de diferenciar kirchnerismo de peronismo y/o peronismo de kirchnerismo, que tiene fogoneros de distinta naturaleza, orientación e intereses.

Si fuéramos a las fuentes de una política nacional y popular, de liberación nacional y justicia social, evitaríamos los equívocos.

 

Podríamos discutir y, más importante, analizar lo que ocurre y lo que podemos hacer, de otra manera, sin tonterías ni razonamientos en estilo barrabravas.

 

Pero, evidentemente, hay conceptos e identidades que dificultan un debate productivo.

 

Y hay también “formatos mentales” que lo entorpecen.

 

Por ejemplo y sólo como genéricos ejemplos, por debajo o por detrás o más allá de posicionamientos políticos, existen estructuras mentales.

 

Algunas, estalinistas (tenidas por “ortodoxas”), otras organicistas o medievales a las que liviana y simplistamente suele tildarse de fascistas, y las hay populistas, nacionalistas o libertarias, insisto, independientemente de los posicionamientos políticos coyunturales de cada uno.

 

Pero además de las posiciones políticas y las estructuras de pensamiento, existen (y operan sobre la realidad) las identidades culturales.

 

De nuevo por ejemplo, al igual que Santoro y (aunque le pese y por más esfuerzos en contrario que haga) Horacio, tengo o sufro una identidad político-cultural muy definida y, a estas alturas, incurable: soy peronista.

 

Surge aquí una enorme e irresoluble complicación: ¿qué significa “ser peronista”?

 

Muchas cosas, me temo, y muchas cosas muy diferentes, como suele ocurrir más con las identidades culturales que con las políticas, que podrían ser siempre más específicas y programáticas.

 

De ahí que el peronismo suele funcionar más como una identidad cultural y un ambiguo sistema de pensamiento que como identidad política, aunque, casualmente, esos diversos sistemas de identidad suelen terminr por superponerse.

 

Es muy obvio, y a los hechos es fácil remitirse, que hoy por hoy el peronismo es la identidad cultural básica del pueblo argentino.

 

¿De qué otro modo explicarse la compulsión afiliatoria al Partido Justicialista (¡al Partido Justicialista!) de tantos miles de argentinos que jamás se han planteado si son o no son peronistas, de tantos que tal vez hasta crean no serlo?

 

¿Por qué el ansia afiliatoria va hacia ese lado y no hacia ningún otro de los partidos constituyentes del Frente Para la Victoria?

 

¿Qué es lo que hace que los jóvenes integrantes de un partido diferenciado, como Nuevo Encuentro, canten la marcha peronista, supongo que ante la perplejidad de los dirigentes del partido?

 

¿Por qué la marcha peronista y no la internacional o bandera rosa, es nuestro símbolo de identidad?

 

¿Qué es lo que hace que muchos “kirchneristas” que se han quejado de que los peronistas cantamos la marcha en forma “agresiva”, luego del 2008 han empezado a cantarla con la misma agresividad?

 

¿Por qué siempre nos terminamos remitiendo a esa identidad básica?

 

Aclaremos, hoy básica: antes de 1943 hubo otras, que a lo largo de distintos momentos del tiempo se fueron desdibujando, lo que también podría llegar a ocurrir con la identidad “peronista”.

 

¿Es hoy el kirchnerismo una identidad cultural comparable al peronismo?

 

¿Podría incorporarlo y superarlo como el peronismo incorporó al yrigoyenismo, y el yrigoyenismo al roquismo?

 

¿Puede resolverse esto mediante la discusión o el juicio de uno o más intelectuales, pensadores o políticos?

 

Se me hace que no, se me hace que el kirchnerismo podrá eventualmente perdurar (o no) como identidad político cultural que asimiló y superó al peronismo, no porque lo determine nadie en particular.

 

Lo decidirán el pueblo y el paso del tiempo.

 

Y si el kirchnerismo finalmente absorbe y reinterpreta al peronismo o desaparece como el mentado PI o el mucho más potente alfonsinismo ¿cuál sería el problema?

 

¿Qué importancia tendría cualquiera de las dos posibilidades?

 

¿Cuál es el sentido, de dónde surge esta manía por clasificar y etiquetar?

 

Nuestro trabajo no es ese, nuestro trabajo es (re)construir un movimiento nacional capaz de articular un frente nacional de liberación, lleve el nombre que lleve y conserve o invente la identidad que a las nuevas generaciones se le cante.

 

Pero a mi juicio, hay algo esencial: alguna vez el peronismo, o los peronistas, terminarán de comprender el enorme servicio que le prestó Kirchner: reconciliar al peronismo con los derechos humanos.

 

El peronismo en particular no violó los derechos humanos, aunque los crímenes de estado empezaron antes el golpe.

 

Y el peronismo fue su principal víctima, sólo que los peronistas interpretamos ya al principio, lo que terminó siendo al conclusión: los asesinatos, torturas y desapariciones eran sólo medios para conseguir la entrega del país y el sometimiento de los trabajadores.

 

Pero no le dimos bola a esos asesinatos, torturas y desapariciones en sí mismos, y ni siquiera advertimos cuán profundamente había afectado (al final) la percepción de una sociedad que, en principio, los había justificado.

 

Sólo así puede entenderse que cuando el líder de un partido que proveyó a la dictadura de la mayoría de sus intendentes denunciara de convivencia con los militares a una dirigencia sindical que se pasó en cana la mayor parte de la dictadura, la mayoría de la gente le creyera

 

Néstor vino a resolver esto, vino a reconciliar al peronismo con los derechos humanos.

 

Falta ahora el o los dirigentes, la generación de dirigentes, que pueda reconciliar al peronismo (o al kirchnerismo, si se quiere, o como mongopicho venga a llamarse) con los principios de la liberación nacional y la justicia social que se destruyeron en el menemismo, en un menemismo en el cual participó, ya sea en la práctica, ya en la estructura de pensamiento, la mayor parte de nuestra actual dirigencia política, sindical y cultural.

 

En mi opinión, de eso se trata la discusión.

 

Lo demás, si peronismo, si kirchnerismo, es pura tontería.

 

El tiempo dirá qué queda de cada cosa.

 

Se trata solamente de no ser sectarios y de construir desde el pueblo y, obviamente, para el pueblo, que viene siendo el gran convidado de piedra de nuestras elucubraciones, comunicaciones y polémicas.

 

Y en todo caso, como alguna vez dijo Leopoldo Marechal: “La de Perón y Evita es una de las encarnaciones de la doctrina nacional.

 

Hubo otras antes, y habrá otras después”

 

 

 

TB/

NAC&POP
 
 
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Nick
 
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