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Opinión. Ariel Goldstein. Rebelión
Los dilemas de un Gobierno asediado
12.10.15. La crisis política y económica que afecta al gobierno de Dilma Rousseff no ha hecho más que profundizarse en los últimos meses. La intensidad que la misma ha adquirido resulta de la acumulación por parte del gobierno de diferentes situaciones problemáticas, frente a las cuales éste no ha encontrado soluciones satisfactorias desde el comienzo de su mandato. Estos problemas, al permanecer en estado de irresolución, se han ido retroalimentando los unos a los otros, en la forma de una espiral que sobrecarga al Ejecutivo restándole capacidad de respuesta y llevándolo al inmovilismo por acumulación de problemas.
 
El beso de Judas
 

En este sentido, los problemas que consideramos como más relevantes actualmente para el gobierno brasileño son los siguientes: 

a) Dilma no ha logrado reconstruir su legitimidad popular luego del modesto triunfo en las elecciones de 2014 frente a Aécio Neves, el candidato del Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB). Luego de aquel triunfo electoral, en su primer discurso, Rousseff prometió una reforma política que recogiera las aspiraciones de cambio del electorado, que la presidenta había convertido en el eslogan de su campaña presidencial, con la frase “gobierno nuevo, ideas nuevas”. Sin embargo, dada la adversa relación de fuerzas al interior del Congreso para su partido, el PT, esta cuestión no ha sido relanzada desde su asunción. 

 

b) Vinculado a esta ausencia de “cambio” se encuentra el gran tema del ajuste económico. Dilma y su gobierno han entrado en la lógica del ajuste económico, poniendo a un Ministro de Economía “técnico” como Joaquim Levy, quien asegura que el ajuste implica realizar en forma progresiva mayores recortes. Esto es bastante problemático para un gobierno que se basa en el apoyo popular de los sectores más desfavorecidos, un partido de izquierda devenido en “partido de los pobres” -según la expresión utilizada por el politólogo André Singer- que ha construido su mayor base electoral en el Norte y el Nordeste del país.

 

Recordemos que al asumir en 2003 Lula tuvo que hacer también un ajuste económico para equilibrar las cuentas y estabilizar la economía. La diferencia radica en que ese ajuste fue hecho por Antonio Palocci, un orgánico del partido, un ex trotskista con una visión ortodoxa a nivel económico, pero un político orgánico del PT. De este modo, se aseguraba el predominio de la política por sobre la lógica económica de los mercados. En el caso de este segundo mandato de Dilma, es al revés, ya que Levy es un economista formado en la Universidad de Chicago sin ningún vínculo previo con el Partido de los Trabajadores, de modo que prevalecen sus orientaciones ortodoxas en materia económica frente a las definiciones partidarias. Esta cuestión, al instaurar una agenda gubernamental orientada por una visión ortodoxa de la economía, resiente el vínculo del gobierno con los movimientos sociales, restándole apoyos fundamentales que le permitirían reducir el condicionamiento de los mercados. 

 

c) Por otra parte, suceden al mismo tiempo los escándalos de corrupción que involucran a una gama extendida de políticos y constructoras en vinculación con la empresa estatal Petrobras. Los medios de prensa como Folha de S. Paulo, O Globo y O Estado de S. Paulo dan gran relevancia a esta cuestión en la agenda pública. Procuran de este modo incentivar en la población un desencanto ciudadano que tenga por principal blanco al gobierno brasileño. En este sentido, la Folha de S. Paulo pretendió marcar un ultimátum a la presidenta en su editorial del domingo 13 de septiembre, “Última chance”, señalando que en caso de no aplicar el ajuste económico y el corte de gastos con severidad, a la presidenta “no le restará, en caso de que se doble por el peso de la crisis, sino abandonar sus responsabilidades presidenciales y, eventualmente, el cargo que ocupa”. 

 

d) Por último, se evidencian las dificultades de la presidenta y el PT para hacer frente a la lógica extorsiva del PMDB, principal partido aliado en el Congreso, que avanza en su vocación de poder al interior del gobierno, desde un accionar oportunista y pos-ideológico con el propósito de acumular cargos y capacidad de negociación. El vicepresidente Michel Temer, por la ambigüedad de sus declaraciones y su juego político, coquetea con la posibilidad de una destitución de Dilma y por reemplazarla en el gobierno. Ni qué decir de Eduardo Cunha, presidente de la Cámara de Diputados, que busca abiertamente desestabilizar al gobierno incentivando un “impeachment” que termine con el mandato de la presidenta. 

 

¿Cómo salir de esta crisis? Dado que su profundidad sobreviene por una acumulación y retroalimentación de problemas que se encuentran interrelacionados, una salida a esta situación sólo podría provenir de un giro consistente y de orientación por parte del gobierno. Pretender afrontar esta crisis de acumulación de problemas interrelacionados con una serie de respuestas parciales probablemente prolongará esta situación crítica y de debilidad gubernamental, restando cada vez mayor capacidad de decisión al Ejecutivo.

 

Principalmente, como señala el politólogo André Singer, se debería conciliar con los sectores que buscan terminar con el ajuste económico. Sólo una acción de este tipo podría habilitar un cambio en una coyuntura que, si continúa profundizando su rumbo, obligará a la presidenta a resignarse a los condicionamientos de los factores de poder, quedando definitivamente sin capacidad de acción política para conducir un gobierno que acaba de iniciarse.

 

 
 
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