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Opinión. Economia
Sustitución de Exportaciones
04.10.15. El pasado 2 de septiembre la presidenta dio un discurso frente a un elenco de empresarios, funcionarios y dirigentes gremiales en un acto en Tecnópolis por el Día de la Industria. Allí se expresó en extenso sobre el crecimiento industrial de la última década, la coyuntura actual y los ejes centrales de la gestión. En el pasaje más novedoso de su discurso, repetido durante toda la semana siguiente, apuntó a la sustitución “de exportaciones” como un desafío adicional a encarar en los próximos años.
 
 

Esta etiqueta fue utilizada para comparar los procesos de industrialización de las economías latinoamericanas orientados al mercado interno, con el desarrollo de países asiáticos de perfil exportador. Sin embargo, la mandataria no se refería a este punto. Su diagnóstico y propuesta consistió en: “sustituir para el mercado interno lo que no nos compran afuera. Pero no nos lo compran afuera porque no seamos competitivos, no nos compran afuera porque se cayó el mundo”. Si el caballo de batalla de este proyecto político fue la sustitución de importaciones, al menos debería llamar la atención este giro; más aún en un contexto de escasez de divisas. Intentemos ir un poco más allá de los grandes títulos que provocó y exploremos el alcance de esta idea.

 

Para darle mayor claridad a la exposición, repasemos primero una lectura de la coyuntura partiendo desde la estructura productiva. El conocido problema de la restricción externa surge en Argentina cuando las posibilidades de crecimiento económico se ven impedidas por la escasez de divisas. A medida que se expande la actividad, la producción de ciertos sectores dinámicos demanda crecientemente insumos y maquinarias que no se producen localmente, por lo que hay que importarlos. Sin embargo, dado que los dólares que ingresan por exportaciones no crecen a la misma velocidad, se genera un déficit comercial que debe ser cubierto temporariamente con financiamiento externo o con reservas de divisas; o bien se debe disminuir estas importaciones y con ello la producción. Esta característica de la estructura productiva local se manifestó reiteradas veces en la historia económica argentina bajo la forma de crisis contractivas. Su origen reside en la alta productividad que tienen nuestras exportaciones tradicionales, frente a la baja productividad que tienen los sectores industriales que principalmente abastecen al mercado doméstico. Es precisamente la baja productividad relativa de la industria la que le dificulta ser competitivo internacionalmente, por lo que tiende a ser deficitario en términos de divisas. Frente a este problema, el programa de la sustitución de importaciones consiste en producir internamente no solo bienes de consumo sino avanzar en las ramas de insumos básicos y bienes de capital, transitando sobre el fino sendero de que separa la restricción externa de la transformación de la estructura productiva.

 

Sin embargo, si este recorrido es una tarea sumamente difícil para algún sector económico en particular, es claramente imposible de realizar en todas y cada uno de las ramas de la producción. Pretender independizarse del comercio internacional en la era de las cadenas globales de valor es una apuesta que excede a cualquier economía contemporánea. Es por ello que el desarrollo de la estructura productiva que propone la sustitución de importaciones se logra cuando ciertos sectores no tradicionales logran competir a nivel internacional dado que han logrado un salto de productividad que así se lo permite. Pero este salto requiere de un mercado lo suficientemente grande para incentivar la inversión que permita aumentar la escala de producción y con esto la productividad. Es por ello que la sustitución “de exportaciones” nunca puede ser un objetivo a largo plazo para la industria local, si lo que se busca es transformar la estructura productiva. Es el cambio en la posición argentina en la división internacional del trabajo el horizonte del desarrollo económico, por lo que una nueva inserción externa es su prueba de fuego.

 

La coyuntura puede sin lugar a dudas influir en el logro de esta meta. En lo que va del año, la economía brasilera se contrajo un 2,5%. El valor corriente de sus importaciones de todos los bienes y servicios argentinos cayó un 15% en los últimos 12 meses. Más allá de otros factores internos que se pueden montar a este problema, queda claro que si la demanda proveniente del Brasil de nuestros productos industriales mengua, garantizarle mercados a estas exportaciones industriales es menester para una política de desarrollo que se preste de serlo. Pero si la única opción es el mercado doméstico, se evidencia –en términos generales– el carácter incipiente del proceso de industrialización. La sustitución “de exportaciones” propuesta no es una política que busca un objetivo comercial deseable sino administrar las consecuencias de una inserción externa golpeada. Entre las cuales se encuentran el empleo y el ingreso, variables que disparan en seguida la alerta roja de la gestión actual.

 

Por ello es importante separar los problemas circunstanciales de la agenda del desarrollo: no porque lo primero no afecte a lo segundo, sino porque la planificación mantiene el norte de la brújula en medio de los tumultos cíclicos de la economía. Cuanto más definido sea el proyecto de país, la política macroeconómica podrá estar mejor alineada con los objetivos de largo plazo. Las circunstancias pueden ser favorables o muy adversas, lo que implica avances o retrocesos que deberán ser considerados para minimizar su impacto sobre las metas establecidas. Pero es una dirección clara la que evita ahogarnos en la urgencia de la coyuntura.

 
 
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