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Opinión. ¿El presente de la situación Argentina supone una "pesada herencia"?
LAS VERDADES DISTORSIONADAS QUEDAN EXPUESTAS CUANDO LOS PRONÓSTICOS NO SUCEDEN
04.09.15. Cierta vez, Mark Twain sostuvo que "es más fácil engañar a la gente que convencerla que ha sido engañada". Si bien la afirmación surgió de un análisis crítico de temas vinculados con la religión, en la práctica siempre aplicó a la manera en que se difunden (y los individuos entienden) el desempeño de sus Gobiernos. Para el caso particular de la Argentina actual, comprende perfectamente la lógica que impulsó la idea de "la herencia trágica" que supuestamente dejará este proceso político, derivada, según se asegura, de la sistemática reducción de los niveles de bienestar social, la dilapidación de recursos, el severo daño de la capacidad productiva y el maltrato sin precedentes al que se expuso al sistema de innovación del empresario y a su lógica de derrame.
 
 

¿El presente de la situación Argentina supone una "pesada herencia"? No, pero sí es cierto que se necesitan correcciones y trabajo de fortalecimiento de expectativas. Favorece para la instalación de un ajuste gradual, el elevado nivel de empleo (bajo desempleo) y el de salarioscreciendo a ritmos superiores a los de la devaluación oficial y a tasas semejantes a las de la inflación que hacen (e hicieron) posible el turismo y la satisfacción de numerosas necesidades de la clase media, tanto en el exterior como en el interior del país (pese a la suba de precios). ¿Por qué se debe corregir entonces? Porque en el mercado de cambios este mix de efectos desalienta (y desalentó) la oferta de divisas (las liquidaciones de los exportadores) y estimula la demanda como consecuencia de la actividad de las conjeturas vinculadas a la de una inminente suba del tipo de cambio (implantadas por los mismos que auspician la idea de "la pesada herencia"). De este modo, permanentemente el Banco Central (BCRA) queda en soledadatendiendo tanto a las disminuidas ventas de divisas (de exportadores e inversores escasos) como a las voluminosas compras (de importadores y ahorristas, entre otros) con un resultado más que obvio: la pérdida de reservas. Entonces, dada "la bienaventuranza laboral" y la política de un Gobierno que no se esmera demasiado en frenar la inflación (más allá del diseño de "los precios cuidados"), ni incrementa el tipo de cambio bajo la forma de shock (como muchos lo desean y manifiestan abiertamente), algunos sostienen que la "fiesta" debe terminar con una "corrección tortuosa": un "aterrizaje forzoso".

¿Afectó negativamente el abaratamiento del dólar durante estos años? Sí, claro. Veamos algunos números. Considérese al superávit como un ingreso de dólares al mercado ó a las arcas del BCRA y al déficit, como un egreso o pérdidas de reservas (sólo para hacerlo fácil). En 2012 el superávitde la balanza comercial de bienes y servicios, el resultado neto por entradas vía exportaciones y salidas por pago de importaciones, orillaba los 12.000 millones de dólares. En 2014, debido a esta conjunción "de efectos nocivos", el mismo había bajado a u$s6.400 millones (a la mitad de ese nivel), valor que, incluso, pudo haber sido más bajo si no racionaban el financiamiento de las compras al exterior (si no bloqueaban las importaciones). O sea que, el problema de la escasez de divisas se reduce a un tipo de cambio que se ajusta a un ritmo muy lento (10% anual), unsalario que lo hace a una velocidad tres veces superior (por el mecanismo de las paritarias y la inflación) y un nivel de empleo que no es el de un default por la simple razón que si lo fuera, elspread de riesgo soberano (el EMBI Argentina elaborado por el banco de inversión JP Morgan) sería de 7.000 puntos básicos y no el actual de 620 puntos.

Las verdades distorsionadas luego quedan expuestas, cuando los pronósticos no suceden. Lamentablemente, el miedo que infunden, paradójicamente, dejan herencia porque el manoseo estimula la inflación, incrementa la devaluación esperada y detiene el crecimiento económico. La frase de Twain es ideal para entender cómo se fabrica una idea que, posteriormente, es imposible de sofocar y que luego termina calcinando hasta a quienes la provocaron (vía inseguridad, por ejemplo). Entonces, para no caer en trampas de este tipo, idealmente la sociedad debería entender que "los conceptos nacen por comparación: si siempre fuera día claro, no distinguiríamos entre claridad y oscuridad y, por consiguiente, no poseeríamos el concepto de la claridad ni la palabra correspondiente" (Freud, 1910). Por el contrario, si siempre se habla de oscuridad (como sucede en la Argentina cuando los gobiernos dejan afuera del negocio a "las elites de poder"), la comunidad nunca manejará el concepto de la claridad en lo que a asuntos socioeconómicos respecta. En todo momento, la disconformidad exaltará la existencia de escuelas y hospitales confiables y detectará relaciones públicas siempre corruptas (nunca sus posibles soluciones), al tiempo que hará emerger, cuál superhéroe, la figura del político no contaminado (el cambio, teóricamente).

Una de las formas de la impregnación de confusión reside en que, hoy por hoy, los temas socioeconómicos se tratan en espacios circenses inaceptables. En ellos, conductores de la farándula maltratan altaneramente el contenido de las ciencias (la política y la economía) sin la autocensura natural de la responsabilidad (y capacidad técnica), ni el deseo de la búsqueda de la verdad. Estos espacios y los virtuales, donde también aparecen candidatos a ocupar cargos de Gobierno (ex humoristas, incluso), se habla de la manera en que se reanudará el funcionamiento del mercado cambiario (se eliminará el cepo) y del impuesto a las ganancias como si se trataran de temas que se resuelven en el almuerzo. Se personifican complejos asuntos de Estado, Gobierno y sociedad (política y economía), inculcándose la idea de que todo es sencillo y de rápida resolución. Pero como los problemas de esta índole no poseen la lógica que enseña la televisión, la familia luego se siente defraudada porque piensa que eso se pudo haber tratado de otro modo (como se hace en las cenas familiares). Pero la experiencia nos muestra que "el Gobierno no es una única persona, cuando hablamos de él como sí lo fuera, a menudo nos creemos que lo es y llegamos a esperar que actúe coherentemente como un ser racional //...// no podemos esperar que el Gobierno actúe con el mismo grado de coherencia y racionalidad que una persona (Stiglitz, 2000)".

En toda esta lógica de derrumbes y cataclismos que, teóricamente desmoronan el bienestar de la familia, candidatos políticos (humoristas y deportistas degradando la ciencia) y sus asesoresaseguran que en 100 días eliminarán "el maldito cepo cambiario" y que, a partir del primero de enero, se corregirán las distorsiones introducidas por el impuesto a las ganancias en el salario. Lo que no dicen es: 1) cuál sería el nivel del tipo cambio necesario para que esa proeza se cumpla hacia mediados de abril de 2016 (justo dentro de un año); 2) cómo harían para desarticular la curiosa inflación de estos años y 3) la manera en que evitarían la pérdida de solvencia de las cuentas fiscales si se eliminaran o readecuaran tributos en tan corto plazo sin suspender el financiamiento a la seguridad social, la Asignación Universal por Hijo y otras erogacionesimplementadas durante estos años de las que todos se sienten orgullosos (incluso opositores). Si no tienen respuesta para esos desajustes, el déficit público probablemente seguirá generando algo de inflación, reducción del tipo de cambio real y escasez de divisas. Así, en 100 días el cepo seguiría tan orondo y rozagante como actualmente, en un contexto en el que el BCRA todavía vería amenazado su stock de reservas internacionales. "Está bien claro que el discurso (menos aún el circo mediático) no es, por lo tanto, el fondo interpretativo común a todos los fenómenos de una cultura" (Foucault, 1970) y que, cuando se le dice a una sociedad que esta gestión dejará unainmensa e inédita herencia, una afirmación poco verosímil si se analizan números y se relaciona con los resultados macroeconómicos de fines de los ochenta y los noventa, el camino correcto (e ideal) sería buscar "el acaecimiento o su verificador (Russell, 2003)" para chequear la consistencia de la afirmación antes que arrojarse incondicionalmente a "las fauces de un político no contaminado" que pregona falacias acerca de las similitudes existentes entre la política pública y la privada. Lamentablemente, la máxima de Twain continuará siendo imbatible pero si se comparara responsablemente y aprendiera, liberados de prejuicios, siempre se estaría un paso más cerca de la verdad y la realidad.

(*) Gustavo Perilli es socio en AMF Economía y profesor de la UBA

 
 
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