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Opinión. escribe MARIO DIEGUEZ
MAXIMO KIRCHNER NOS CONVOCA A UNA BATALLA IMPRESCINDIBLE
31.03.15. La disputa del lenguaje "ideas y palabras", dijo Máximo Kirchner, sigue siendo la lucha por la hegemonía política, es decir, el poder.
 
 

Quienes solemos merodear los arrabales de la filosofía, conocemos la famosa frase de Martín Heidegger que dice “el tiempo será sólo rapidez, simultaneidad, instantaneidad”. Así es hoy, en medio de esta revolución tecno-comunicacional en que devino el capitalismo, generadora de un sujeto comunicacional interpretado, asimilador pasivo de los mensajes del poder colonizador. Superpuestos en esa “simultaneidad” heideggeriana, hechos e interpretaciones potencian la tensión entre el acontecer histórico y el relato de los mismos. Es el conflicto permanente por la construcción y la imposición de la verdad. Es –sigue siendo- la lucha por el poder, tan antigua como el hombre.
El tiempo como velocidad, genera urgencia, vértigo y al fin, una confusión importante. Es todo tan efímero, que se torna casi imposible la identificación de la teleología de los acontecimientos, aún cuando tenemos la convicción de que nada de lo que nos sucede surge por generación espontánea. Todo tiene un por qué y una razón en este presente fugaz, transformado instantáneamente en pasado por las usinas del imperio. Cuando nos dicen  “está pasando y nosotros se lo contamos”, es inevitable pensar en la diferencia existente entre “lo que pasa” y “lo que nos cuentan”. Siempre, invariablemente, se imponen los intereses determinados por el afán de dominación de nuestras conciencias. Así, nos escamotean el presente, que debiera ser material maleable en nuestras manos y por ende, nos impiden la construcción del futuro. Claro que no todo está perdido. “Que un sueño acabó, ya te dijeron”. pero aún quedan “los sueñitos” que, sumados, constituyen el gran sueño a realizar por el “héroe colectivo”, por el pueblo.
Dijimos que el conflicto por la construcción y la imposición de la verdad es permanente y significa simplemente la lucha por el poder. Por eso, por ejemplo, la tortura y los crímenes cometidos para apropiarse de Papel Prensa. Por la fuerza que, como dijera Eva, “es el derecho de las bestias”. Por eso las dilaciones, en complicidad con el partido judicial, que impiden  la vigencia plena de la ley de medios audiovisuales en todo su articulado. La construcción de la verdad, deviene de quien dispone de la herramienta con la que se instituye el relato de los hechos y la interpretación de los mismos. Y esa herramienta se llama lenguaje. No se equivoca Máximo Kirchner cuando pone el foco en el objetivo perseguido por  Magnetto a través de la difamación y la mentira permanentes: “No le van a alcanzar los diarios, ni los canales, ni la colección de periodistas que poseen para apropiarse de la palabra y menos de las ideas”. Ideas y palabras como componentes esenciales del lenguaje.                           José Pablo Feimann, afirma que “el lenguaje le da sentido a las cosas” y que ese sentido deriva en orden. Asi entonces, podemos decir que quien dispone del lenguaje, impone su orden y que ese orden es siempre el del poder. De la misma manera, es posible afirmar que el lenguaje, invariablemente, es potestad del poder que impone su orden a través de aquél. Ahí radica la importancia de esta batalla a la que nos convoca Máximo Kirchner, enfrentando la actitud destituyente de los medios y del partido judicial, en tanto emergentes de los poderes fácticos protagonistas del golpe blando al que nos someten desde hace ya demasiado tiempo.  El lenguaje, no es una institución de la democracia, pasible de devenir conservadora en términos laclaunianos. Tampoco es un arma en manos de francotiradores que intelectualizan por derecha o por izquierda, según las circunstancias. El lenguaje es –debiera ser- una herramienta en manos del pueblo para la construcción diaria de poder.
Pero no nos confundamos: la lucha por el poder no es sólo contra “Clarín”, que es nada más que un poderoso mascarón de proa y hasta puede ser –si quieren- apenas una impostura sustentada en el famoso mito de sus tapas. La lucha por el poder sigue siendo –como ayer y como siempre- contra el imperio (hoy, los EEUU y su pretensión hegemónica de dominación).  En los albores de la modernidad, la centralidad imperial se ubicaba en la Europa ávida de expandirse a fin de colocar su excedente productivo industrializado y acceder a una materia prima extraída mediante el trabajo esclavo y por la cual pagaba sólo el costo de transporte marítimo. El imperio –por caso- era la Inglaterra que perdió a su principal proveedor algodonero cuando el norte derrota al sur en la guerra de secesión norteamericana y así clavó sus garras en el Paraguay, con las complicidades por todos conocidas, extendiendo su influencia en buena parte del territorio latinoamericano. Y el lenguaje, anteriormente disputado por Moreno y Rivadavia, queda en las manos de Mitre, quien lo detenta desde entonces a través de un relato sesgado, viciado por los intereses espurios de los “dueños de la tierra”, siempre al servicio del imperio de turno. Mitre impuso su relato como una verdad (el poder imponiendo un orden mediante el lenguaje) y es un paradigma que no pudimos quebrar ni siquiera con el advenimiento del peronismo (el primero, el de Eva, el esencialmente revolucionario) en 1945. Hoy, a través del instituto Manuel Dorrego, si persistimos, tenemos la posibilidad de cambiar ese paradigma historiográfico.
El capitalismo, tal como lo afirmara Marx, nunca dejó de “chorrear lodo y sangre”, desde 1492 hasta la fecha. Los brutales disciplinamientos aplicados sobre el pueblo chileno en 1973 y sobre el argentino en 1976, fueron necesarios para que el imperio comenzara a experimentar, en los años ’80, novedosos métodos de expansión hegemónica. La rebelión cultural de occidente generada en los ’60, perdió a una de sus mentes más lúcidas en abril de 1980 con la muerte de Jean-Paul Sartre. Meses más tarde, en el corazón del imperio (causalidad pura), frente al Dakota, caía bajo las balas la conciencia libertaria del sueño universal que intentó llevar la imaginación al poder: en diciembre de 1980,Jhonn Lennon era asesinado, reitero, en el centro mismo del imperio.
Hacia fines de los ’80, con la caída del muro de Berlín y el desguace de la URSS durante la administración Gorbachov(no habría que perder de vista la incidencia de la entronización en 1978, de un Papa de orígen polaco, tras la muerte nunca esclarecida de Juan Pablo I. Uno no cree en las brujas, pero que las hay…), el imperio pasa a controlar buena parte del mundo a través de democracias liberales, sustentadas en una dirigencia escogida, seleccionada mediante un proceso que hasta incluyó la eliminación física de las generaciones formadas en los postulados revolucionarios de los ’60. En 1989 el imperio se da un nuevo lenguaje (el llamado Consenso de Washington) para imponer su orden hegemónico en el plano económico. En nuestro país, la llamada “renovación peronista” proveyó los gerentes que aplicarían durante la administración menemista, el lenguaje para imponer el orden del poder. El neoliberalismo político y económico extendía una enorme sombra sobre el mundo. En ese contexto, el imperio decretaba “el fin de la historia” y el supuesto inicio de la “posmodernidad”, que Toni Negri visualizó como la hegemonía de una abstracción denominada precisamente Imperio, pero que no suponía la preeminencia de ningún Estado como tal. Error. El imperio seguía siendo EEUU  y la historia, por supuesto, no había terminado. Los escombros de las torres gemelas, el vacío del ground cero, demostraron que los tiempos seguían –siguen- siendo modernos.
En diciembre de aquél mismo 2001, el pueblo argentino también dispuso que la historia continuara y lo hizo en la calle, luchando, enfrentando a ese imperio que lejos de ser una abstracción, era algo bien concreto, representado por los organismos internacionales de crédito que, con la aplicación de su lenguaje-orden, llenaron el país de desocupados, pobres y excluídos. Hoy, ese mismo enemigo, a través de los medios y tal como lo explicara Malcom x, hace que este nuevo sujeto comunicacional interpretado vea como una solución (para los problemas y necesidades generadas por esos mismos medios) a quienes fueras sus victimarios: la clase media despojada de su patrimonio en 2001-2002 por los gerentes del Consenso de Washington, pretende que éstos vuelvan al gobierno del que debieron huir en helicóptero, no sin antes dejar una treintena de cadáveres. Por eso decimos que los medio son el vehículo que el imperio utiliza para aplicar el lenguaje con el que pretende imponer su orden. Apropiarnos de ellos –de los medios-, democratizarlos y ponerlos en manos y al servicio del pueblo, es sustancial en la permanente disputa por el poder. Pero no perdamos de vista que el enemigo, sigue siendo el imperio.    
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