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El FMI aseguró que en 2019 la inflación argentina será más alta de lo estimado
Opinión. Miguel Croceri
El “fernandismo” sería un gobierno de reconstrucción nacional
08.08.19. Si luego de las primarias del domingo y de la elección general ganara la fórmula Fernández-Fernández, vendrá una etapa diferente de todo lo anterior. El kirchnerismo, como experiencia histórica de gobierno, no podrá repetirse. Las condiciones cambiaron y la derecha local e internacional seguirá teniendo mucho poder.
 
 

El próximo domingo empezará a develarse una de las principales incógnitas del futuro argentino de los próximos años. El pronunciamiento electoral en las elecciones primarias del 11 de agosto modificarán el contexto en el que tendrán lugar las elecciones generales del 27 de octubre y, eventualmente, el balotaje del 11 de noviembre.

Al cabo de ese proceso, deberían quedar definidos quiénes serán presidente y vicepresidenta o vicepresidente de la Nación para el periodo 10 de diciembre de 2019 hasta la misma fecha de 2023. Todo eso es “en abstracto”, es lo que “debería ser” según los plazos constitucionales y legales que rigen en nuestro país.

No obstante, la realidad es más compleja y las asechanzas son múltiples. La actuación de los poderes económicos extranjeros y locales comunmente llamados “mercados”, y en particular de los conglomerados trasnacionalizados que dominan el sistema financiero, harán sentir una vez más -sintetizado en la cotización del dólar- la debilidad de las instituciones políticas democráticas frente a los poderes reales capitalistas.

La acción depredadora de tales poderes de facto se potencia al infinito cuando no tiene a nadie enfrente que le ponga algún tipo de límites a su voracidad, es decir cuando ocurre, como en la actualidad argentina, que el control del Estado está en manos del mismo sector privado que gobierna la economía.

En casos dramáticos como los que sufre hoy nuestro Patria, distintas fracciones capitalistas tienen la suma de los poderes. Privados y públicos. Empresariales y estatales. Corporativos y democráticos.

Dentro de ese contexto, aun cuando la fórmula integrada por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner obtuviera la mayoría de votos, y a su vez el régimen de derecha se viera obligado a dejar el poder -que es otra de las incógnitas a develarse, debido a la constitutiva raíz antidemocrática de las corporaciones cuyos intereses representa hoy el macrismo- la gestión a desarrollar por el próximo gobierno será una novedad histórica.

Tendrá similitudes con etapas anteriores y a la vez tendrá profundas diferencias. Así como las personas (individualmente, y en los vínculos familiares y de grupos de pertenencia) experimentamos cambios constantes en nuestra forma de ser y actuar aun sin darnos cuenta, con mucha más razón ello ocurre en la vida de las sociedades.

Y no solo porque los/las actores/as que ocupan las funciones más relevantes de un gobierno sean diferentes -lo cual ya sugiere cambios sustanciales respecto de etapas anteriores- sino porque el contexto es otro. Se transformaron el estado de ánimo de la sociedad y las formas de pensar y actuar que la atraviesan, las condiciones y condicionamientos económicos, y la estrategia de los factores de poder extranjeros.

Ello provocaría que si el próximo presidente de la Nación fuera Alberto Fernández, con Cristina Kirchner como vicepresidenta, más una representación parlamentaria importante de ese eventual oficialismo, y también con una gran parte de los/las gobernadores/as aliados a las nuevas autoridades, etc. habría necesariamente una etapa política diferente de las que se conocieron antes.

Ante todo, debería ser un gobierno de reconstrucción nacional. Al concluir en diciembre de 2015 los doce años y medio de kirchnerismo, había quedado un país con baja desocupación, bajo endeudamiento, crecimiento económico sostenido como tendencia a lo largo de los años aun con periodos de recesión, y poderes públicos con legitimidad democrática que ejercían voluntad política y fuerza relativa para enfrentarse con las corporaciones económicas locales y extranjeras, y con los factores de poder internacional. Todo eso ha sido devastado.

Aun cuando la derecha perdiera

Quizás la etapa venidera empiece a llamarse “fernandismo”. Argentina es un país propenso a innovar en denominaciones fáciles, y a veces ingeniosas, para nombrar a determinados asuntos de la realidad. En este caso, las circunstancias ni siquiera requeriría ingenio sino apenas una explicitación de la obviedad. Fernández, uno de los apellidos del cual son portadores/as un enorme número de personas en Argentina, tendría a dos de ellas en los más altos cargos institucionales de la República.

Por lo tanto, es prácticamente seguro que los discursos mediáticos y de las redes digitales, y la opinión pública en general, llamarían al proceso político como “fernandismo” y/o “gobierno de les Fernández” (o de “los Fernández”, siguiendo la regla tradicional del predominio del género masculino en la lengua).

En cualquier caso, lo fundamental no será el nombre si las características de la nueva etapa. El kirchnerismo, como experiencia histórica de gobierno, ya pasó y no se repetirá. Ha quedado una identidad política cuyas bases sociales representan a una parte considerable pero no mayoritaria de la población, y también ha quedado el inigulado liderazgo de Cristina. Pero lo que fueron aquellos doce años y medio, es imposible que se repitan.

En primer lugar porque en la vida humana -individual, de pequeños o grandes grupos, o colectiva- nunca nada es igual a lo anterior. Cada tiempo posee rasgos que perduran y otros que se modifican, cada cual tiene sus constantes y sus variables, siempre hay algo que permanece y algo que necesariamente se modifica.

En segundo lugar, y más concreto que lo anterior, porque cambiaron las condiciones internas y externas que rodearán al eventual gobierno “fernandista” respecto del kirchnerista. En esta segunda mitad de la década se modificaron rotundamente el contexto nacional e internacional.

Tanto en nuestro país como en la mayor parte del sur continental, las clases dominantes locales y los factores de poder extranjeros -sobre todo Estados Unidos y además, en el caso argentino, el Fondo Monetario Internacional (FMI)- retomaron el control del Estado y reafirmaron sus posiciones hegemónicas sobre las sociedades.

En esa nueva relación de fuerzas perjudicial para las clases sociales subordinadas y las fuerzas políticas populares, estarán los principales obstáculos para un potencial gobierno que quisiera recuperar la autonomía nacional, la soberanía política y un proyecto de desarrollo con inclusión social.

La derecha, aun cuando eventualmente perdiera las elecciones, habrá sido respaldada por el voto de una parte considerable de la población, y esa es una realidad de la constitución ideológico/política de la sociedad argentina que convivirá con el futuro gobierno.

La derecha, aun cuando eventualmente perdiera las elecciones, seguirá gobernando a través de las corporaciones que representan sus intereses: los conglomerados empresariales; sus cadenas mediáticas; el aparato judicial corrompido; el submundo de los agentes secretos; los “ejércitos” de economistas, juristas, abogados/as y asesores/as de cualquier especialización profesional que dominan desde sus reales o presuntos saberes técnicos; las instituciones armadas del Estado (por ejemplo, Gendarmería Nacional o las distintas policías) que debieran estar bajo control de los funcionarios legítimamente elegidos pero que son propensas al funcionamiento clandestino y a los negocios y delitos para fines particulares…

La derecha, aun cuando eventualmente perdiera las elecciones, seguirá teniendo de su lado a Donald Trump como presidente de Estados Unidos (EU), y por lo tanto a un sujeto peligroso para la humanidad que implicará un riesgo permanente no solo para la estabilidad política y la recuperación económica de Argentina sino también para la paz en Suramérica y en cualquier lugar del planeta.

La derecha, aun cuando eventualmente perdiera las elecciones, seguirá amenazando a nuestro país mediante el poderío del FMI, al cual el régimen encabezado por Mauricio Macri le entregó el dominio de la economía y por lo tanto la capacidad de resolver qué es lo que puede y debe, o no puede o no debe, decidir la Nación argentina acerca de sus recursos, y para producir, administrar y distribuir socialmente bienes y servicios.

Otra tarea histórica

Son múltiples las incógnitas que deben despejarse en las próximas semanas, meses y años de la vida pública argentina. (¡Vaya novedad!).

Pero una apreciación simplificadora y voluntarista (donde la voluntad y los deseos tienen un peso excesivo frente a una complejidad de factores) puede llevar a suponer que en el caso de que la fórmula Fernández-Fernández obtuviera una mayoría electoral, eso significaría recuperar en un plazo razonable las conquistas, derechos y prosperidad económica y social que caracterizaron a la etapa kirchnerista.

Las condiciones cambiaron -para mal- y la tarea histórica urgente será la reconstrucción nacional. Y no solo de la economía, la producción, el trabajo y de algunas salvaguardas urgentes para lograr un mínimo de dignidad humana en quienes más lo necesitan -por ejemplo, ejecutar políticas públicas que tiendan a garantizar la alimentación básica de las familias que viven en la desesperación y el abandono–, sino también la reconstrucción del Estado de Derecho, las libertades democráticas, el servicio de justicia y el aporte de la sensatez perdida en las relaciones exteriores.

En este último asunto, sobre el cual en nuestro país prácticamente no existe debate público alguno, un eventual nuevo gobierno también tendrá un desafío gigantesco. Con Trump gobernando Estados Unidos, el mundo corre peligro y Argentina debería ser un baluarte para buscar siempre la paz por sobre todo y ante todo.

Es decir, la resolución pacífica y no militar de los conflictos de cualquier tipo, y el respeto a los principios del derecho internacional de autodeterminación de los pueblos y no intervención en los asuntos internos de cada país. Lo contrario de los riesgos actuales de involucramiento en una posible guerra contra Venezuela o contra Irán, a los cuales Argentina ha sido llevada por el violento régimen de derecha que encabeza Macri.

No se sabe quién va a ganar las elecciones primarias dentro de una semana, y menos aún las instancias electorales definitorias del 27 de octubre y -tal vez- de una eventual segunda vuelta el 11 de noviembre.

Si ganara el actual oficialismo, Argentina seguirá sufriendo una devastación que solo terminará cuando, en un momento futuro imposible de determinar, una voluntad social mayoritaria y con fuerza política suficiente pueda ponerle fin. Si ganara el “fernandismo”, o como se llame, al nuevo gobierno y al país todo los espera el desafío de la reconstrucción nacional.

 
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