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En soledad, Macri vuelve al interior bonaerense
Opinión. Miguel Croceri
Argentina definirá si la derecha se afianza o no en Suramérica
01.07.19. El plan contra los gobiernos de la región que enfrentaron a los intereses del capitalismo trasnacional empezó hace 10 años. Sus efectos son devastadores, y el peor es el riesgo de guerra en Venezuela. El resultado más reciente es el pacto Mercosur-Unión Europea. La elección en nuestro país develará cómo sigue el proceso continental.
 
 

El plan diseñado en Estados Unidos (EU) para desmontar a los gobiernos y fuerzas populares que avanzaron en la ocupación de espacios de poder en Suramérica a comienzos de este siglo, y así recuperar el control del subcontinente mediante la instauración de regímenes afines a los intereses norteamericanos y de los grandes conglomerados capitalistas trasnacionales, ha dado resultados contundentes en los últimos cuatro años.

El más reciente de sus objetivos concretados acaba de producirse: la firma del pacto Mercosur-Unión Europea (UE), anunciado este viernes (28/06). Pero la arrasadora recolonización de esta parte del mundo -desde el río Bravo hacia el sur- no empezó hace poco sino que lleva una década.

Hace exactamente 10 años -se cumplieron este viernes, 28 de junio- en Centroamérica fue derrocado el presidente de Honduras, Manuel Zelaya, sin acudir directamente a un golpe de Estado militar. Se puso en marcha así la modalidad antidemocrática denominada “golpes blandos”, porque la violencia militar explícita se desplazó a un segundo plano, y en cambio se utilizó la violencia jurídica y comunicacional. Lo que antes hacían las fuerzas armadas, empezaron a realizarlo las corporaciones judiciales y mediáticas.

Zelaya fue destituido en 2009 mediante un fallo de la Corte Suprema de Justicia. En 2012, a través de un golpe parlamentario con aval judicial, echaron del poder en Paraguay el presidente Fernando Lugo. En 2016, tras un prolongado operativo antidemocrático judicial, mediático y finalmente parlamentario, derrocaron a la presidenta Dilma Rousseff.

En Argentina no llegaron a destituir a Cristina Kirchner pero los poderes de facto desplegaron un dispositivo similar que la mantuvo bajo asedio. El accionar combinado de las corporaciones económicas que atacaron la estabilidad económica -asociadas a las mafias internacionales de la usura financiera, los fondos buitre-, junto con un aparato judicial y del espionaje corrompido, y sumado a las cadenas mediáticas que despliegan sus sofisticadas técnicas de acción psicológica sobre la opinión pública durante las 24 horas de todos los días de la vida, crearon las condiciones para que Mauricio Macri ganara las elecciones.

Ahora que se acerca el fin del periodo constitucional de mandato, se abre una posibilidad de que nuestro país defina si la derecha se afianza o no en Suramérica. Las elecciones presidenciales venideras, en sus dos tramos -las primarias del 11 de agosto y las generales del 27 de octubre-, y eventualmente en el balotaje del 11 de noviembre, marcarán el curso de la historia para los próximos años.

Pero como ningún país está solo en el mundo sino en un contexto internacional -así como todos los seres humanos no vivimos aisladamente sino en sociedades- también será crucial si en Bolivia se reafirma la etapa histórica liderada por Evo Morales. Allí la votación ciudadana será el 20 de octubre, una semana antes que en Argentina. El presidente y además fundador del actual Estado Plurinacional tiene amplias chances de triunfo, pero al mismo tiempo todo el proceso está bajo sabotaje de las derechas locales con respaldo de Estados Unidos.

Y un tercer caso -prácticamente en idéntica fecha- será el de Uruguay. La vecina república oriental tendrá elecciones el mismo día que en Argentina, el 27 de octubre. Las primarias de ayer determinaron quiénes serán los candidatos. El Frente Amplio, que en marzo próximo cumplirá 15 años en el gobierno -con dos mandatos de Tabaré Vázquez y uno de José “Pepe” Mujica- arriesga su continuidad en el poder.

 

Objetivos conseguidos

 

La ejecución del plan para desplazar a los gobiernos que desafiaron el poderío de las clases dominantes de cada país y la hegemonía norteamericano en el sur del continente, comenzó hace una década y avanzó por etapas hasta capturar, hace algo más de tres años (entre 2015 y 2016), las dos “piezas” más importantes del “ajedrez” geopolítico continental. Primero en Argentina, con el triunfo electoral de la coalición Cambiemos encabezada por Mauricio Macri, y meses después con el derrocamiento de Dilma Rousseff en Brasil.

 

Con esos dos movimientos determinantes, las derechas locales sometidas a la estrategia de EU alcanzaron la acumulación de poder suficiente que acaba de hacer posible la firma del mencionado pacto Mercosur-Unión Europea, denominado “tratado” o “acuerdo” de “libre comercio”.

 

Los objetivos a nivel internacional conseguidos por los factores de poder internacionales y locales que ejecutan ese proceso fueron numerosos. Entre los más trascendentes, desmontar la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), desactivar la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac), reducir a la nada la incidencia del Parlamento del Mercosur (Parlasur), y apropiarse de la fachada institucional del Mercado Común del Sur (Mercosur) para impulsar negociados que beneficien a las grandes corporaciones empresariales locales y mundiales.

 

La contracara de todo ello es haber destruido los logros, en el sur del continente, de un proceso de integración paulatino, progresivo, lento, con sus contradicciones y dificultades, similar al que desarrolló Europa desde fines de la segunda guerra mundial hasta implantar, por ejemplo, una moneda común -el euro- en la mayoría de los Estados miembros del bloque continental recién cinco décadas después (el 1ro. de enero de 1999 ese signo monetario reemplazó plenamente a los que había en los países que lo adoptaron).

 

En el caso suramericano, la convergencia de una voluntad política de varios gobiernos había conseguido, hasta los primeros 15 años de este siglo, consolidar a la región como una zona de paz. Ese logro -uno de los más preciados a los que puedan aspirar las sociedades humanas en cualquier lugar del mundo y en cualquier época de la historia- está en vías de destrucción.

 

Hoy, con la mayoría de los países dominados por regímenes derechistas -encabezados por sus expresiones más extremas, que son las de Iván Duque en Colombia y Jair Bolsonaro en Brasil, más las variantes de derecha específicas de Mauricio Macri en Argentina, Sebastián Piñera en Chile, Martín Vizcarra en Perú, Mario Abdo Benítez en Paraguay y Lenín Moreno en Ecuador-, el continente ha quedado sometido al riesgo de una guerra con epicentro en Venezuela.

 

Semejante atrocidad podría ocurrir si Donald Trump se decide a bombardear dicho país o a atacarlo desde territorio colombiano con fuerzas mercenarias, para derrocar al gobierno bolivariano del presidente Nicolás Maduro y de ese modo aplastar al proceso fundado hace dos décadas por Hugo Chávez.

 

Todos los gobiernos recién mencionados apoyan la estrategia violenta, militarista y guerrerista de Trump. Así, nuestra Patria misma está ante el peligro de formar parte del bando agresor en una guerra contra un país hermano, soberano y pacífico. (El mismo autor de esta nota publicó sus consideraciones en Va Con Firma a fines de enero pasado. Nota del 28/01/19).

 

Afortunadamente, hasta ahora Estados Unidos y sus gobiernos aliados fracasaron en todos los intentos, y hacia esta mitad de año el conflicto venezolano aminoró las tensiones. Las negociaciones iniciadas entre el gobierno y la oposición, especialmente las de carácter discreto que se realizan con mediación de Noruega, alientan la posibilidad de una preservación de la plaz.

 

“Libre comercio” con la UE

 

En las elecciones argentinas (además de las otras antes mencionadas) se pondrá en juego no solo el agravamiento o reversión de la devastación económica, social y del Estado de Derecho en nuestro país, sino también hasta qué punto nuestro país y el resto de Suramérica seguirán siendo arrastrados a las peores calamidades o encontrará, en cambio, algunas vías para iniciar la recuperación.

 

Por eso también, si a partir del diciembre próximo, con un segundo mandato presidencial de Mauricio Macri, el régimen de derecha siguiera fortalecido, se profundizará -entre múltiples consecuencias- la destrucción de la industria nacional y los puestos de trabajo que conlleva el pacto Mercosur-Unión Europea (UE).

 

En cambio, la perspectiva de un futuro gobierno encabezado por Alberto Fernández y respaldado desde la vicepresidencia de la Nación por Cristina Kirchner, podría revertir la tendencia hacia semejante daño para la producción y el empleo.

 

En ese sentido, fue trascendente la declaración del candidato presidencial realizada este sábado en el congreso del Smata (Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor). Ese gremio agrupa al personal de las fábricas automotrices, cuyos trabajadores estarían entre los más afectados por la rebaja de sueldos y la destrucción de puestos laborales si en el futuro se aplicara el “tratado de libre comercio” firmado recientemente con la UE.

 

Alberto Fernández buscó el ámbito adecuado en ese encuentro sindical y dijo palabras precisas: “Si es necesario vamos a revisar todos los acuerdos internacionales que firmó Macri. No me asusta firmar con la Unión Europea. Lo que no quiero es que nos sigan castigando más de lo que ya hicieron”. (Una crónica del acto y de su discurso puede leerse en Página 12. Nota del 30/06/19).

 

(Cabe aclarar algo que se desprende del discurso completo: la alusión a quienes están “castigando” al país no se refería específicamente a Europa, sino en general a políticas perjudiciales para Argentina que incluyen el sometimiento a factores de poder extranjeros, especialmente el Fondo Monetario Internacional).

 

El sometimiento de Argentina, Brasil y los demás países del Mercosur a un área de “libre comercio” con Europa Occidental para las próximas décadas, por el momento es un conjunto de reglas que empezaron a plasmarse formal jurídicamente producto del fanatismo ideológico de Macri y Bolsonaro, quienes representan a las fracciones del capitalismo dominantes en sus países y en el resto del mundo.

 

Sin embargo, para que se conviertan en realidad con todo su potencial destructivo sobre las economías nacionales y las sociedades de toda la región, todavía resta largo tiempo y están pendientes numerosos procedimientos institucionales que deben activarse antes de su puesta en marcha.

 

Pero por sobre todas las cosas falta saber si la derecha afianzará o no la hegemonía que ha reconquistado en Suramérica. Esta incógnita empezará a develarse cuando haya concluido el proceso electoral argentino.

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